Crónica           IMPRIMIR
28 de enero de 2008

Gorriones a cañonazos

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, enero (www.cubanet.org) - Matar gorriones a cañonazos es uno de los deportes favoritos de la dictadura cubana. Además, se especializa en el tiro a la riposta: mata al gorrión después que éste plantó ya el nido en su techo, con lo cual le lleva ganado el arranque.

Ahora está empeñada en reducir a cenizas el Proyecto de Bibliotecas Independientes.

Lo malo es que su acción resulta retardada. Una proverbial indiferencia de casi medio siglo ante las posibilidades de enriquecer y propagar el sistema gubernamental de biblioteca pública, unida a la censura, mediocre y embrutecedora, que lo tipifica, allanó la vereda a los bibliotecarios independientes. Así que otra vez ha perdido el tirador por encasquillamiento del cañón. Por mucho que ahora intente remediarlo a golpe de fuego abusador. 

En el parque Manila, del Cerro, existió durante decenios una biblioteca pública excepcional, entre otros motivos porque no era (ni es) común hallar instalaciones de este tipo en los barrios pobres habaneros. Parece que por ajustes a la regla, un día, hace años ya, la biblioteca amaneció cerrada. Luego empezó a deteriorarse, se fue cayendo en pedazos, hasta quedar borrada del mapa.

De cualquier modo, a los vecinos del lugar les resta por lo menos el consuelo de haberla tenido. Peor están los que nunca tuvieron una biblioteca a mano, es decir, la generalidad de quienes viven en las orillas de la capital. Eso por no hablar de pueblos adyacentes y mucho menos de los del interior de la Isla. 

Como si no bastara, nos apurruñan con esa feroz discriminación en cuanto a títulos y autores que, según entienden los comisarios del reino, no debemos leer, lo cual empobrece los estantes y marca la política de préstamos en las pocas bibliotecas estatales que funcionan regularmente. Tan absurdas y demenciales son tales limitaciones que no pocos (quizá sea la mayoría) entre nosotros se hicieron adultos y hasta viejos sin leer una sola letra de algunos de los mayores escritores cubanos contemporáneos y sin conocer siquiera por referencia a muchos de los grandes del mundo.  

Y ahora resulta que se ponen broncos, no porque el tema les oprima sensiblemente en sus esencias, sino porque se sienten agredidos políticamente, ante un grupo de ciudadanos con sentido común que decidieron cubrir a cuenta y riesgo el hueco que ellos crearon y sustentan en el horizonte cultural de la gente y en su capacidad de elegir sin coyundas las lecturas que más le atraigan.

Si bochornoso y tremebundo es que desde la impunidad del poder se reprima y se encarcele a las personas por el simple “delito” de compartir sus libros con el vecino, con el conciudadano, no menos abochorna constatar que tales barrabasadas no obedecen sino al miedo que experimenta ese poder ante la contingencia de perder una pizca de su control totalitario sobre el pueblo.

Ahora se comenta que por allá arriba planean para un futuro dicen que inmediato la inauguración de una biblioteca en cada barrio. Con todo y que se les haya ocurrido demasiado tarde, sería loable el plan si respondiese a un propósito de inspiración humanitaria, si su interés primordial fuera acercar el libro a la gente, si les moviera una genuina vocación por promover el hábito de la lectura. Pero resulta presumible que no sea sino otra burda contraofensiva política. 

Lo que emprende hoy el régimen contra los bibliotecarios independientes, y lo que viene haciendo desde el surgimiento de esta iniciativa, a finales de los años noventa, prefigura apenas la clásica reacción de aquel tarrudo que lanza por la ventana el sofá del adulterio. Sólo que en este caso los adúlteros parecen ser ellos mismos y están yendo con el sofá rumbo al vacío.

Y es justo debido a sus condicionantes malévolas por lo que quizá no encuentren el modo de convertir en polvo el Proyecto de Bibliotecas Independientes. No es posible, ni siquiera es serio, matar la cultura a cañonazos. 

Claro que el camino, y hasta vale enfatizar, el único camino que les toca a los bibliotecarios independientes (los que no estén presos) para garantizar la supervivencia, será reafirmar su labor como genuina alternativa ante lo que ofrece el régimen. Entiéndase que hablamos de alternativa cultural. No parecería bonito que el destino de este proyecto quede a expensas de la chata porfía politiquera. 

Siempre abundarán los títulos de libros imprescindibles y de importantes autores que a nuestros salvadores de la patria les molesta que leamos. Lo único que va a sobrar en las bibliotecas estatales, por más que se multipliquen, son las prohibiciones, el coto de la censura y la imposición del dogma.

Significa entonces que por más ruido que hagan no están aptos para proceder con la real voluntad de enmendarse. Es su pecado original. Y en el pecado radica su condena, a la vez que una probable salvación para sus víctimas.

Todo depende de que el Proyecto de Bibliotecas Independientes sea capaz de imponerse en lo sucesivo, bajo fuego cerrado, primero, por la transparencia de sus intenciones, y después, por el buen tino de sus representantes.
 
 
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