12 de mayo de 2008       VOLVER AL INICIO
 
 

La bloguera cautiva

GINA MONTANER

Con ironía, Yoani Sánchez escribe en su blog que sus cancerberos le han otorgado el premio a la ''bloguera cautiva''. Es una extraña forma que tiene la dictadura castrista de neutralizar una voz disidente que ha escapado del control férreo del régimen. Mientras el blog de Sánchez, Generación Y, era visitado por millares de fans y a ella le otorgaban en Madrid el prestigioso premio Ortega y Gasset, el gobierno de Raúl Castro cometía la torpeza de no concederle la salida a una figura que la revista Time había nombrado entre las 100 personas más influyentes del mundo. Así de majaderos y arbitrarios son los totalitarismos.

De Yoani Sánchez se ha escrito mucho en los últimos tiempos porque su talento y su astucia cibernética ponen de manifiesto la malvada idiotez del castrismo. Pero a mí lo que más me seduce de esta bloguera cautiva es que, a pesar del encierro, es una mujer global y ciudadana del mundo. En eso, precisamente, radica el magnetismo de esta escritora de bitácora. En su capacidad de llegar a todos los rincones del planeta y que quienes no la conocen ni tienen acceso directo a ella se identifican con su lenguaje, sus palabras y sus símbolos.

Yoani, pálida, delgada y con el aplomo de las mujeres que no ocultan la sombra del vello sobre el labio superior es una mujer de su tiempo en París, Londres o Buenos Aires. No un figurín envuelto en el celofán de la lycra y el spandex bajo el asfixiante sol del Caribe. Sino la espigada y macilenta bloguera conectada en el espacio sideral con los de su tribu. Agitadores de la imagen y el pensamiento con el arma de un ordenador portátil que viaja camuflado de casa en casa. De portal en portal. De sitio en sitio. Mensajes y chats huidos de las requisas, los comités de defensa y las redadas nocturnas.

Yoani Sánchez preside el clan de blogueros como una vengadora justiciera por los crímenes cometidos en nombre de las ''y''. El tedio de los muñequitos rusos. Los mosquitos en las escuelas del campo. Ella, que nació intercambiable con las chicas que pasean en Madrid, en Copenhague, en Seattle. Global y etérea. Difícil de atrapar en su mundo internáutico. No hay cárcel que retenga el alma en fuga de su tribu.

Me gusta el apartamento de Yoani porque cuando lo muestran las cámaras de televisiones extranjeras me confirman la globalidad de su inquilina en los sencillos muebles al estilo IKEA; la transparente luminosidad de una buhardilla parisina; el salón de estar de una pareja en el barrio de Malasaña. Cada detalle es la negación de la libra de picadillo de soja y el televisor con antena antediluviana. Una bloguera de pro no vive secuestrada por el vetusto unicornio azul, sino que sintoniza con los grupos indie que ya no hacen CD's porque directamente cuelgan sus canciones en la red.

Sus cancerberos creerán que es la bloguera cautiva porque no la dejaron subirse a un avión para recibir el Ortega y Gasset. Así de tontos son sus cancerberos. Una mujer encerrada es tan libre y poderosa como la disidente birmana Aung San Suu Kyi, bella como Yoani, sólo que adornada con una orquídea esquinada en el pelo. La autora de Generación Y se le escapa a sus centinelas porque no hay manera de aprisionar la verdad virtual y virtuosa que se refugia en los santuarios de Google y Wikipedia. Ellos, que son así de tontos, creen que la chica no viaja, pero lo hace cada día y llega a los confines más remotos. Se llama Yoani Sánchez y cuando habla le tiembla la sombra del vello.

 

 

 

 
 
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