23 de mayo de 2008   IMPRIMIR   VOLVER AL INICIO
 
CRÓNICA
 

Nefasto y un almuerzo mejor es posible (final)

Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press

LA HABANA, Cuba, mayo (www.cubanet.org) - Aunque está demostrado que en Cuba no existe crisis con la alimentación, gracias al gobierno benefactor que nos facilita para el mes cinco libras de arroz, 20 onzas de frijoles, tres libras de azúcar y a veces un kilo de sal, más un pescado per cápita cuando aparece, hemos tomado medidas para no dejar desamparada a la población.

De seguir elevándose el precio de los alimentos, se ha decidido entregar una escalera por núcleo familiar, un globo por cuadra y una avioneta de fumigación a cada ciudad, para que suban a buscar los productos necesarios para sobrevivir.

¿Usted imagina la emoción de un grupo de habaneros que salen a cazar bollos y tortillas de maíz en un avión a Júpiter? ¿A una vieja dama indigna de un solar treparse a una escalera para comprar verdura fresca en una nube? ¿O a un grupo de niños montados en un globo para adquirir un refresco Tukola de rebaja en Saturno?

Según cuenta Ignacio Ramonet (mientras degusta una croqueta cubana al plato como única proteína en su dieta diaria), la causa principal en el aumento del precio de los alimentos se encuentra en China, India y Brasil, debido a que la elevación del nivel de vida de esos países ha modificado los hábitos alimentarios.

Hablemos de los narras, quienes por convertirse en capitalistas mandarines, pondrán los precios de los alimentos en la luna.

Cansados del arroz frito,  las maripositas y los pasos adelantes con que los atiborraba Mao para que preservaran el sello de identidad del medioevo, a los chinos les ha dado por consumir carne de res, pollo y cerdo. Eso significa que a mayor consumo de carne hacen falta más animales y cereal, algo difícil de lograr si los chinos cambian sus hábitos vegetarianos y verduleros por el bistec emperador, el picadillo  Ha Khon Hon (o vaca entera tendida sobre la yagua de una palmera), o Tin Tin (bolitas de mierda de vaca a la cubana bañadas con mantequilla de girasol).

Resulta tan preocupante esta situación, que el eminente ecologista Léster Brown, comiéndose un calcañal, sentenció: “Cuando los chinos consuman tanta carne como los estadounidenses, absorberán el 50 por ciento de los cereales del mundo”.

Y si a esto le sumamos que la otra parte de la producción alimentaria (arroz, caña de azúcar, girasol, colza, trigo, remolacha) se destina a la producción de carburantes, ¿qué comeremos los no chinos?

Hay que convencerlos de que vuelvan al dulce abismo de la racionalización en los alimentos, al desmayo feliz frente al muro de las lamentaciones, y a las hordas famélicas de culíes heredadas de la Revolución Cultural.

Hasta el director del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn (perro musical de domingo, en alemán), se sumó al coro alarmado de Ramonet, Lester Brown y al economista cubano Rafelito “El distrófico”, cuando sentenció: “ Cientos de miles de personas padecerán hambre. Los niños sufrirán de malnutrición”, la cosa está que arde.

Es hora de que los chinos, los indios y los brasileños recapaciten y vuelvan al redil de los shogunes, las castas y los cangaceiros para que todos podamos comer.

Se hace imprescindible que los países del Primer Mundo regresen a la era de la carreta tirada por mamuts al vuelo sobre el ala de un dragón.

No engorden, aléjense de la carne y el cereal, degusten el bistec de cáscara de toronja, el picadillo de colcha de trapear, y verán que si un mundo mejor es posible, un almuerzo también.

Nefasto y un almuerzo mejor es posible (I)

 

 

 

 
 
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