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30 de octubre de 2008
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La disección de Fernando

Leonel Alberto Pérez Belette

LA HABANA, Cuba, octubre, (www.cubanet.org) -La siguiente historia es real y cualquier parecido con otros casos conocidos por usted, amigo lector, no es simple coincidencia.

Fernando Fernández Barona es un teniente coronel, jubilado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que actualmente dirige una de las delegaciones de la oficialista y paramilitar Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, en el populoso barrio del Vedado. No se sabe si lo licenciaron del ejército por problemas de salud, por incapacidad, por reciclaje de personal, por ineficiente, por iniciativa personal, o porque ni sus mismos camaradas lo resistían. A pesar de su jubilación, es un hombre vigoroso y obsesivo. Es un fanático defensor del régimen castrista, pero está plagado de contradicciones. 

Fernando detesta oír hablar de capitalismo y el consumismo, pero trabaja por contrata como custodio de automóviles en el hotel Comodoro y en el Miramar Trade Center y, gracias a este envidiable trabajo, logra obtener moneda libremente convertible y mantener unos niveles de vida y consumo superiores al de la media de los cubanos.

Es militante del Partido Comunista de Cuba (PCC) y confiesa que suele visitar muy a menudo Villa Marista; la tenebrosa sede de la Seguridad del Estado cubana, aparentemente porque siente nostalgia de sus viejos tiempos de represor activo. A pesar de que los comunistas durante décadas se encargaron de perseguir, hostigar y marginar a cualquiera que profesara creencias religiosas, el comunista Fernando acaba de culminar cuatro años de estudios en un centro de enseñanza teológica-cristiana que funciona en la Catedral Episcopal de esta urbe, con la colaboración de profesores de la Universidad de La Habana (UH); lugar al que también asisten –curiosamente- otros cuadros partidistas. Ahora, este señor ha aparecido, de la noche a la mañana, en la iglesia católica del Sagrado Corazón de Cristo y ya aspira a ocupar un puesto directivo entre los fieles.

El hijo mayor de Fernando se marchó a los Estados Unidos y reside en Atlanta; la hijastra se casó y escapó a España, donde vive. El hijo menor, un muchacho muy noble, estudia derecho en la Universidad de La Habana y también ha comentado que tras alcanzar el titulo universitario y pasar el servicio social, aspira a irse del país. La esposa de Fernando -una santa que solamente lo soporta a fuerza de rezar el rosario-, ha tratado de divorciarse varias veces pero, según se comenta, ha desistido debido a que la vivienda que comparten los mantiene unidos “hasta que la muerte los separe”.

No todo en este ex–teniente coronel es negativo; muy en el fondo tiene un corazón, como todos, y a fuerza de golpes de la vida, parece que algo en él ha comenzado a cambiar.  Al menos ya da indicios de vislumbrar que no todos los seres humanos tenemos que ser completamente iguales y pensar del mismo modo.

Sus peroratas políticas se desmoronan por su incoherencia propia y la del sistema que trata de defender, porque la realidad de la vida cotidiana las desmiente. Su familia, como muchas otras familias cubanas está desmembrada debido precisamente a lo que Fernando defiende; la realidad y el tiempo han hecho mella en él y, en ocasiones, da muestras de debilidad y parece abierto al dialogo. El diálogo lleva a la tolerancia y ésta, a la aceptación de la diversidad.

Lamentablemente quedan muchos Fernando, muchos de los de su generación siguen pensando como militares y soñando con proezas espartanas. Se complacen releyendo las delirantes y agresivas “reflexiones del compañero Fidel”, viendo panfletarios documentales y películas sobre la maldad del imperialismo y las glorias de la Revolución o la demencial Mesa Redonda de la televisión. Les cuesta superar su visión del país como un campamento militar bajo sus órdenes y adaptarse a convivir en un medio civil y civilizado.

Cuba es una nación hermosa y generosa en la que todos siempre cupimos y en la que todos –hasta Fernando- cabremos nuevamente.

 

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