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El flautín ya tiene vuelto
Oscar Mario González
LA HABANA, Cuba, abril (www.cubanet.org) - El flautín es una variedad de pan intermedia entre el panecito de 80 gramos que se vende a un peso fuera de la libreta de racionamiento y la flauta de 10 que ofertan las panaderías en venta libre. De aquí la justificación del diminutivo empleado en el argot popular para denominarlo.
Su precio era de tres pesos y 20 centavos, lo cual resultaba más asequible para un segmento significativo de la población. Precisamente en el precio estribaba el gran escollo del asunto y se asociaba a la escasez de menudo o moneda fraccionaria; un mal tan viejo como el propio socialismo insular. Es decir los compradores no se quejaban del monto del precio, sino de que este precio no se expresara en un número redondo.
Los dependientes de las panaderías planteaban que no tenían vuelto y situaban al cliente en la alternativa de pagar cuatro pesos o no adquirir la mercancía. La marchantería, generalmente, optaba por lo primero pagando 80 centavos de más por el producto.
La práctica se generalizó de tal manera que el periódico Juventud Rebelde lo resaltó en sus páginas. El público, por su parte, proponía se redondeara el precio a tres pesos y que en igual proporción se disminuyera el peso del flautín de modo que la norma establecida se mantuviera inalterable.
La decisión de un cambio precio-peso del producto que al lector de un país de economía libre pudiera parecerle extremadamente fácil de resolver, en un país regido por una burocracia totalitaria se complica porque se aparta de lo establecido, de lo reglamentado, cuya fuente de origen siempre descansa en algún organismo central del estado o de alguna entidad intermedia.
Así pues, el asunto iba postergándose en un duelo de culpables, donde el administrador de la panadería alegaba que el banco no le facilitaba menudo y el banco a su vez culpaba a las administraciones de una pobre gestión para adquirir moneda fraccionaria.
Por fin, días atrás, el precio del producto se redondeó a tres pesos y con ello se satisfacían los reclamos de la población, a la par que se solventaba una dificultad espinosa y nada fácil de resolver en un país de nuestras características.
Lo que no puedo decirle al lector es la proporción en que disminuyó el peso del flautín, pues al preguntárselo al administrador de la panadería del barrio se molestó y se negó a contestarme.
A simple vista no se observa mucha diferencia entre el flautín de antes y el de ahora, que cuesta tres pesos; y como los billetes de a un peso no están en falta, el bolsillo de la gente se aliviará por un tiempo en los 80 centavos que casi siempre había que dejarle al dependiente de la panadería por la supuesta falta de menudo. Finalmente, y para satisfacción de muchos, el flautín ya tiene vuelto.
En esta cuestión, como en algún que otro asunto, percibo en la gestión del gobierno raulista más agilidad a la hora de encarar ciertos asuntos; menos burocratismo para la solución de cuestiones de poca complejidad pero con bastante incidencia en la población. No obstante, la trabazón totalitaria sigue intacta en su esencia y efectos frente a una realidad cada día más dinámica, cada día más exigente y cambiante.
El cubano, cansado ya de medio siglo de inercia y modorra, está agotado. Es como un alpinista que, extenuado y próximo a alcanzar la cima, no demanda que le quiten dos libras de peso del equipaje, sino que lo liberen totalmente del peso de la mochila. |