Ariel Ruiz Urquiola en Ginebra: ¿victoria o fracaso?

Ariel Ruiz Urquiola en Ginebra: ¿victoria o fracaso?

La diplomacia no es una competencia de buenos modales, sino además sagacidad, habilidad y, sobre todo, simulación

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Ariel Ruiz Urquiola (foto: ONU TV)

LA HABANA, Cuba. – Si fuera cierto que, como han reiterado muchos por ahí, el discurso constantemente interrumpido de Ariel Ruiz Urquiola ante la Comisión de Derechos Humanos sirvió fundamentalmente para comprobar “una vez más” que este organismo de las Naciones Unidas es manipulado sistemáticamente por una alianza de regímenes totalitarios, entonces de nuevo llamo la atención sobre lo poco que han avanzado algunos grupos opositores en Cuba con sus peculiares estrategias de enfrentamiento a la dictadura comunista. (Y fíjense bien que no digo “todos” sino “algunos”).

Si la moraleja ha vuelto a ser, por enésima vez, que los opositores y formaciones de la sociedad civil (la auténtica sociedad civil, la que no es reconocida por el oficialismo) no deben esperar nada de dicha institución internacional, como también he podido leer, entonces valdría la pena preguntarnos si no han sido ya suficientes esos experimentos de prueba y error que parecieran no tienen otro propósito que convertir, con la sistematicidad, una acción en deporte. Es decir, todo se queda en llegar a la meta y dejarse poner una medalla al cuello.

Una actitud loable la de Ariel Ruiz Urquiola, sin dudas, que requiere de valentía y entereza, pero que, en realidad, con el paso de los días, solo servirá para engrosar los récords de acciones que pudieron ser y no fueron, precisamente porque, una vez más, la ingenuidad política les ha jugado una mala pasada y, aunque quisiéramos ver el resultado como victoria, en realidad ha sido un fracaso al no cumplir los objetivos esperados.

Ya alguien que conozco, entrenado largo tiempo en esos foros diplomáticos, me lo había advertido: “Se lo van a comer”, “no lo dejarán hablar”, auguró.

No solo porque era evidente que su denuncia no cabía en el tema de la sesión, algo que pudo haberse salvado con algunos artilugios diplomáticos sino porque Ariel se apareció allí sin los conocimientos esenciales de cómo son las dinámicas del Consejo a lo interno, algo sobre lo cual debió  ser asesorado. Además, a sabiendas de que su discurso estaba obligado a la brevedad y lo conciso, no le quedaba otra opción que saltarse las normas de procedimiento, en vez de ajustarse a las reglas. Si queremos ganarle al trompo, a su casa no iremos a bailar sino a colocarle zancadillas.

A fin de cuentas Ariel no es un diplomático de carrera, sino un activista que sabe de las maniobras incluso “solariegas” que usarán para silenciarlo, entonces debió usar el privilegio de su intervención con la astucia del que busca aprovechar el último pétalo de la flor de los deseos.

La diplomacia internacional actual, y también la de años atrás aunque menos “profesionalizada”, no es ese idilio que a veces Hollywood nos ofrece como la máquina de sueños que es.

Si la asumiéramos como tal tendremos muy pocas oportunidades en un “mundo mediático” (y mediocre en muchos aspectos de lo ideológico) donde las opiniones y adhesiones de la “mayoría” —que creo es lo que debiera pretender ganar el activismo cubano— se forjan y consolidan dependiendo de la magnitud del espectáculo mediático y no de pequeños episodios que dan “satisfacción” a los protagonistas pero que no trascienden más allá.

No importa lo que digan las encuestas sobre lo que la “gente de a pie” quiere (ya sabemos de sus grandes equivocaciones, así como lo difícil que son de realizar en el contexto cubano) ni que algún otro medio  de prensa importante nos haya dedicado una columna en el borde interior e inferior de una página cualquiera o que hablaran durante tres segundos de nuestra valentía en el noticiario de Hialeah, o de nuestra “maldad mercenaria” en el humorístico estelar de Rafael Serrano, una estrategia para ser efectiva en nuestros días deberá proponerse ser tema de seguimiento constante en las primeras planas de los gigantes de las información porque si no, ni para la diplomacia internacional ni para la gente de la calle nuestra causa será más importante que el cambio climático, las protestas en Hong Kong o la ruta que lleva el barco de pollo que zarpó de Port Everglades.

Aunque sé que muchos se enojaron y aun se enojarán conmigo por lo que dije, por lo que digo y por lo que me falta aún por decir, el activismo en Cuba necesita trabajar más y con mayor seriedad e inteligencia, organizarse en los temas que logren consensuar e identificar como comunes e intentar evolucionar en sus prácticas y dinámicas cotidianas estudiando más el contexto propio y sus necesidades más urgentes que replicando experiencias ajenas, que aunque bonitas son forzadas. Jamás pudieran ser consideradas como “similares” puesto que el régimen cubano es un caso singular en la geopolítica.

Eso ya quedó más que probado en los años 90 con la debacle del comunismo en Europa del Este y con sucesos más recientes. Si para algo está bien preparado el régimen cubano es para la diplomacia y trabajar con efectividad la imagen que proyecta al exterior. No nos engañemos confundiendo sueños y deseos con realidad.

Mientras no abandonen ese activismo idealista de “weekend”, la imagen que continuarán proyectando será la del fracaso sistemático, la de las victorias a medias y, por tanto, la del suplicio de Tántalo en el infierno. Por último, recordar siempre que la diplomacia no es una competencia de buenos modales, sino además sagacidad, habilidad y, sobre todo, simulación. Cualquier diccionario de sinónimos nos podrá advertir de sus otras múltiples esencias.

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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