Un talento que equivocó el camino

Un talento que equivocó el camino

Eusebio Leal terminó siendo uno más en la nómina de los intelectuales orgánicos del castrismo

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Hugo Chávez, Fidel Castro y Eusebio Leal (foto: CubaMatinal)

LA HABANA, Cuba. – La primera vez que escuché una conferencia impartida por Eusebio Leal quedé impactado por ese torrente de palabras que exteriorizaban una erudición impresionante. Ocurrió en una plaza de la Habana Vieja, cuando aún el historiador de la ciudad no se había vinculado tanto con la maquinaria del poder.

Mas, aquella impresión inicial que me causó el orador se iría desvaneciendo a medida que el señor Leal emprendía una carrera desenfrenada en pos de lograr el reconocimiento del oficialismo. Ya sus conferencias e intervenciones públicas no se circunscribían a contar hechos y pasajes de nuestra historia, sino que incluían desmedidas loas a Fidel Castro y a su hermano Raúl.

Cierto día le preguntaron si no había afrontado, en su condición de católico, ningún problema en la etapa de ateísmo científico que los castristas le impusieron a la sociedad cubana alentados por los manuales soviéticos. Entonces el historiador aprovechaba para reafirmar su incondicionalidad al gobierno, y respondía que él, en primera instancia, era fidelista, y eso ya bastaba para superar cualquier escollo que se presentase.

Otro detalle revelador del magnetismo que el mayor de los Castro irradiaba sobre el historiador de La Habana lo observamos en las tantas ocasiones en que este último repetía las frases y consignas proferidas por el máximo líder.

En especial esa sentencia fidelista de que la revolución cubana había sido una sola, comenzada por Céspedes en 1868, y continuada por él y sus seguidores con posterioridad a 1959.

Por supuesto que Eusebio Leal, como buen historiador, sabía que se trataba de una falacia con la que Castro pretendía dar legitimidad a su régimen. No es posible equiparar a los liberales de antaño con los que ahora no respetan las libertades individuales de los cubanos. Como tampoco  puede existir un parangón entre el sistema legislativo salido de la Constitución de Guáimaro —capaz de deponer al Presidente de la República haciendo valer el principio de la separación de poderes—, y ese circo de focas amaestradas que colman la actual Asamblea Nacional del Poder Popular.  Sin embargo, el señor Leal prefirió dar la espalda a la verdad histórica con tal de contar con el favor de su mecenas.

Muchos de los sitios que fueron remozados por la Oficina del Historiador que dirigía Leal quedaron con un acceso restringido para los ciudadanos de a pie. Como ejemplos podemos citar a la Quinta de los Molinos, en la avenida de Carlos III, y el Parque Maceo en el municipio de Centro Habana.  En el caso de la Quinta, con una apreciable colección de la flora cubana, y que fuera casa de veraneo de los Capitanes Generales en la época de la colonia,  el acceso es mediante visitas dirigidas.

No podemos pasar por alto cierta anécdota que evidencia cómo la humildad del señor Leal —la que tanto se exalta por estos días en los medios de difusión oficialistas— fue desapareciendo a medida que el historiador se sentía parte del aparato de poder. Sucedió en la entrada de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana. El señor Leal aguardaba por un trámite para obtener una visa de entrada en el país norteño, mientras que otro grupo de personas esperaban para acceder a la sala de internet de esa sede diplomática. El señor Leal se molestó cuando el portero de esa sede le comunicó que debía esperar su turno al igual que el resto de los allí presentes. Alguien comentó posteriormente que la Oficina de Intereses era el lugar de Cuba donde más se respetaba el principio de la justicia social. Allí todos los cubanos eran verdaderamente iguales.

Muchos especialistas clasifican a los intelectuales en dos grandes grupos: los intelectuales críticos, que generalmente no se someten a la maquinaria del poder, y los intelectuales orgánicos, casi siempre utilizados por los gobernantes.

No hay dudas de que Eusebio Leal, con esos dones incuestionables que la naturaleza le otorgó, pudo haber sido un brillante intelectual crítico. Pero esa debilidad que aqueja a muchos mortales, y que los insta a obtener el aplauso fácil de sus congéneres, acabó por signar su destino. Terminó siendo uno más de los intelectuales orgánicos en la nómina del castrismo.

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Acerca del Autor

Orlando Freire Santana

Orlando Freire Santana

Orlando Freire. Matanzas, 1959. Licenciado en Economía. Ha publicado el libro de ensayos La evidencia de nuestro tiempo, Premio Vitral 2005, y la novela La sangre de la libertad, Premio Novelas de Gaveta Franz Kafka, 2008. También ganó los premios de Ensayo y Cuento de la revista El Disidente Universal, y el Premio de Ensayo de la revista Palabra Nueva.

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