Revisionismo a la sombra de actos vandálicos, ignorancia y olvidos inexcusables

Revisionismo a la sombra de actos vandálicos, ignorancia y olvidos inexcusables

La historia no debe, ni puede, ser tomada como pretexto del desenfreno de quienes dicen ser portadores de reclamos sociales, por más justos que estos sean

Cristóbal Colón
Monumento de Cristóbal Colón en Miami (Foto: Twitter)

MIAMI, Estados Unidos. – El movimiento de protestas que se produjo con particular fuerza tras la muerte de George Floyd derivó hacia una no menos violenta reacción contra monumentos y estatuas históricas enclavadas en diferentes ciudades de Estados Unidos. En un principio los ataques parecían estar directamente vinculados al problema racial que provocó el episodio de Minneapolis. De los hechos verbales contra las figuras representadas, se pasó a la acción. Pintadas, daños materiales y desmontaje de varias de estas, en una escalada sin precedentes.

El ensañamiento contra los monumentos dedicados a sudistas defensores de la esclavitud como modo productivo, derivó en una purga revisionista a la que no escaparon ni los Padres de la Nación norteamericana. Washington, Jefferson y hasta Lincoln quedaron signados con el mismo estigma de racistas y esclavistas. Y tras el destrone escultural de Andrew Jackson, Ulysses S. Grant o Jefferson Davis les llegó el turno a Cristóbal Colón (en la mira reivindicacionista desde hace un tiempo), Ponce de León y al misionero franciscano Fray Junípero Serra. El clímax se produjo con la decapitación de un busto de Miguel de Cervantes y el vandalismo contra un conjunto que reúne al escritor castellano y los personajes de su obra cumbre. Las figuras en bronce de Don Quijote, el fiel Sancho y el autor que les dio vida, fueron embarradas con pintura roja y adornadas con sugerentes símbolos célticos.

Una visión sobre esta asonada de corte fundamentalista parece querer abrir cuestionamientos sobre el racismo y el colonialismo, dos realidades vinculadas indisolublemente en las raíces fundacionales americanas. Hechos terribles que cimentaron la historia del Nuevo Mundo, pero que paradójicamente dieron lugar a la cultura singular que nos distingue de otros pueblos y gentes. Una cosa es juzgar el pasado con sentido racional y otra es querer enmendarlo a golpe de mandarria y pintura. Ni siquiera se justifica la remoción oportunista de estatuas confederadas, acción que en no pocos eventos fue dirigida y acompañada por autoridades políticas locales y nacionales, quienes en vez de alzar su voz para llamar al orden y a la cordura, se sumaron a la orgía destructiva.

Y es que la historia no debe, ni puede, ser tomada como pretexto del desenfreno de quienes dicen ser portadores de reclamos sociales por más justos que estos sean. Si de algo puede ser útil el análisis de los males ocurridos en tiempos pretéritos, no es para remover páginas, prohibir o restringir libros, documentos, películas y sacar de sus pedestales a los protagonistas de ese pasado, por más sombras, manchas y atrocidades que contenga. No se puede pretender hacer justicia histórica destruyendo el material que nos remite a ella, por dolorosa que pueda ser la referencia. Es insostenible querer saldar cuentas con aquellos que en su tiempo formaron parte de una sociedad esclavista destruyendo sus estatuas. Insensato cuando el ajuste hace recaer su fuerza irracional sobre Colón y quienes le siguieron en la exploración y conquista de tierras americanas. Insólito si se incluye a Miguel de Cervantes, exponente principal de la cultura hispana.

Pero el boom de la remoción de monumentos no es exclusivo de Estados Unidos. Sus efectos han rebasado las fronteras territoriales norteamericanas. Radicales de todos los extremos emulan en un extraño movimiento donde fanatismo e ignorancia andan de la mano.  El hecho más reciente recoge la frase “Pescado racista” escrita en la base de la emblemática sirenita que adorna el puerto de Copenhague. En España una representante del Partido Unidas Podemos pidió que la estatua de Junípero Serra erigida en su ciudad de Palma de Mallorca fuera sometida al mismo destino que su par en California. En Londres el monumento a Winston Churchill desapareció dentro de una caja metálica a manera de protección contra amenazas de ataques. En Bélgica se acordaron de que Leopoldo II reinaba cuando el Congo aparecía en los mapas con el nombre del país europeo añadido. Por su parte las redes transmiten frases relativas a una especie de enaltecimiento de la barbarie. “El vandalismo es bueno”, “Yo amo el, vandalismo”, por citar algunas. Paradójicamente la última fue escrita en la fachada de un local donde se reparten alimentos entre necesitados, víctimas del coronavirus en el barrio madrileño de Lavapiés.

Hace algunos años el mundo occidental se espantaba con las noticias que traían las imágenes destructivas de los talibanes afganos. Con impotencia veían como los radicales religiosos, apoyados en su momento por ese mismo occidente, aniquilaban con dinamita los budas de Bamiyan. Años después el radicalismo islámico repitió la dosis en Siria e Irak, donde los fanáticos de ISIS destruyeron a golpe de mazo o explosivos piezas de valor inapreciable para la cultura universal. Correspondería hacerse la pregunta sobre la justeza, desde la visión fundamentalista islámica, si estos actos destructivos se justifican por el hecho de que las figuras y monumentos arruinados contradicen su credo y manera de ver la realidad. Incluso cuando no pocas de ellas refieren a un pasado relativo a conquistas, guerras y muerte relacionadas con Europa, el cristianismo, y otras civilizaciones cercanas que han confrontado al mundo árabe y que en muchos casos han incidido negativamente y con crueldad en esas regiones. La respuesta no puede ser otra que la negación ante lo que en verdad es un acto terrorista con todas sus implicaciones.

Pero si es justo señalar los lodos que hoy nos preocupan, bueno también es no olvidar los polvos que les precedieron. Ocurre con la incoherencia de posturas ante hechos similares que en otro contexto no suscitaron el rechazo debido. Ocurrió con la vandalización de bustos martianos en Cuba, bajo la excusa de reclamos políticos contra el gobierno.  Y mientras algunos ayer aplaudían las acciones de un dudoso movimiento enmascarado con identidades clandestinas y anónimas, ahora condenan a los que hacen algo parecido desde otras perspectivas. No es el único ni el peor de los casos. No hace tantos años el nacionalismo ucraniano emprendió una escalada destructiva contra monumentos relacionados a la época soviética que terminó incluyendo a destacados escritores rusos. Pushkin y Gogol, entre otros, sufrieron ataques e incluso sus obras quemadas. Pocas condenas se elevaron entonces. Tan solo algunas reacciones cuando se promovió el culto a figuras tan despreciables como el pronazi Estefan Banderas.

De polvos y lodos removidos de manera poco conveniente también puede hablarse en estos días en el Monte Rushmore, escenario escogido para el discurso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el pasado 4 de julio. Trump aprovechó la ocasión para arremeter contra los profanadores de monumentos, condenando su acción y prometiendo duras leyes para este tipo de actos. Tal vez en el trasfondo de sus palabras pesaba la petición hecha por Julian Bear Runner, presidente de los Oglala Sioux, para que se removieran las tallas de los padres fundadores de Estados Unidos erigidas en aquel sitio o los ecos de las voces que hablan de hacer saltar por los aires esas figuras. La advertencia presidencial es procedente. Pero no el lugar en el que se hizo teniendo en cuenta que la monumental escultura, visitada y admirada por expresidentes, candidatos presidenciales y variadas personalidades; tiene como precedente un acto de expolio y vandalismo realizado contra un lugar sagrado de los pueblos nativos norteamericanos cuando la vida de un “indio” valía menos que la de un bisonte. Incluso que la de un esclavo negro o un chino “coolie”.

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Acerca del Autor

Miguel Saludes

Miguel Saludes

Miembro fundador del Movimiento Cristiano Liberación y coorganizador del Proyecto Varela. En Cuba se gradúa en cursos a distancia de la universidad de comillas en teología, doctrina social de la iglesia, derechos humanos y medios de comunicación sociales de la iglesia en 1999. Simultáneamente publica artículos en revistas católicas palabra nueva, espacios y vitral. en el 2003 comienza su labor como periodista independiente en colaboración con la revista digital Cubanet. Exiliado en Estados Unidos desde 2005, continúa escribiendo artículos de opinión para CubaNet. Mantiene vínculos con prensa independiente cubana a través de la APLP (Asociación Pro Libertad de Prensa) de la que ha sido nombrado representante exterior. Miembro de la Junta Directiva de CubaNet

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